miércoles, 27 de mayo de 2015

Candela.

Que no sé querer,
que a estas alturas debería haberlo aceptado,
pero no.

Que no sé ser querido,
que a estas alturas debería haberlo aceptado,
pero no.

Que te echo de menos,
que a estas alturas debería haberlo aceptado,
pero no.

Pero sobre todo,
que me echo de menos,
que ya debería haberlo aceptado,
pero no.

Que echo de menos cómo recorrías mi espalda con tus manos,
y mis manos con tu labios,
y mis labios con tus ojos,
los mismos que me suplicaban cada noche
"quédate".

Que ya sólo son recuerdos
que debería haber aceptado,
pero joder,
entiéndeme.

Me río de Romeo y Julieta,
lo mío con el olvido sí que era amor correspondido.

Todavía sueño contigo,
con tu voz acariciando mis mejillas,
con tus mejillas sonrosadas
como una puesta de sol.

Quería dedicarte este poema
antes de que esta puta mierda a la que llamamos amor
me consuma.

Te llamé Candela porque siembre tuviste un brillo peculiar,
uno que nadie entendía
ni si quiera tú.

Y como una vela,
te apagaste.

Te apagaste, pequeña.