martes, 16 de junio de 2015

Fin.

Admito que a veces me faltan huevos.
Para echarte de menos.
Para quererte.
Para quererme.

Que nunca supe hacer de tripas corazón,
que siempre fui de hacer del corazón tripas.

Nunca tuve cojones de decirte que te quería,
incluso cuando te tenía
entre mis brazos.

Soy un desastre
pero joder;
entiéndeme,
quiéreme,
repárame.

Recuerdo las noches suicidándome desde tus ojos a tu boca,
y de boca a tu ombligo,
y de tu ombligo a tus pies;
me sabía el camino de memoria.

Nunca tuve cojones de cambiar de dirección,
esclavo de las leyes y normas
acabé preso en esta cárcel, que es mi corazón,
marchitado y azotado por la soledad.

Soledad indiferente causada por tu marcha
repentina una mañana de Mayo.

Aún escucho el murmullo de los vecinos,
y tus quejidos,
y mis quejidos,
y tus gemidos,
y mis gemidos.

Me llamabas cielo.

Y yo te llamaba fin.



miércoles, 27 de mayo de 2015

Candela.

Que no sé querer,
que a estas alturas debería haberlo aceptado,
pero no.

Que no sé ser querido,
que a estas alturas debería haberlo aceptado,
pero no.

Que te echo de menos,
que a estas alturas debería haberlo aceptado,
pero no.

Pero sobre todo,
que me echo de menos,
que ya debería haberlo aceptado,
pero no.

Que echo de menos cómo recorrías mi espalda con tus manos,
y mis manos con tu labios,
y mis labios con tus ojos,
los mismos que me suplicaban cada noche
"quédate".

Que ya sólo son recuerdos
que debería haber aceptado,
pero joder,
entiéndeme.

Me río de Romeo y Julieta,
lo mío con el olvido sí que era amor correspondido.

Todavía sueño contigo,
con tu voz acariciando mis mejillas,
con tus mejillas sonrosadas
como una puesta de sol.

Quería dedicarte este poema
antes de que esta puta mierda a la que llamamos amor
me consuma.

Te llamé Candela porque siembre tuviste un brillo peculiar,
uno que nadie entendía
ni si quiera tú.

Y como una vela,
te apagaste.

Te apagaste, pequeña.