jueves, 6 de febrero de 2014

¡Se ha quedado un buen día para morirse!

Con aquella sonrisa siempre puesta, con aquellas mejillas siempre rosadas, con aquellos labios que invitaban al pecado; todo lo que tenía la hacía perfecta. Todos veían aquella chica de los pechos turgentes, mirada segura y aquella melena reluciente con aroma a vainilla. Nadie veía a la chica que lloraba todas las noches hasta altas horas, aquellas chica que tapaba los moratones con capas de maquillaje, aquella chica que siempre llevaba sudaderas largas para tapar aquellos cortes, aquella chica que no tenía sentimientos; que se los había olvidado en el noveno cajón de su locura, aquella chica que se levantaba con un "no sirves para nada" y se acostaba con un "deberías morir" dirigido hacía si misma.
Despertarse en llantos y sangre ya era rutina para ella. No era sangre lo que corría por aquella venas, no era nada, porque nada corría por aquellas venas; estaban vacías. Y aquello era lo que devoraba sus entrañas de verdad.

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