martes, 18 de febrero de 2014

Historias de un amor roto, y unas almas más rotas aún.

Te echo de menos. En serio, ésto cada vez tiene menos sentido, cada día que pasa pierdo las ganas de vivir, de sonreír, de seguir aquí. No me imagino mucho tiempo soportando ésto. Tengo ganas de morirme. Ansío con ganas el día de mi muerte, mi único consuelo es que no queda mucho para ello.
Todo éso me recuerda a aquella historia que solía contarme mi padre, te la contaré y me entenderás. Decía así:

Había una vez un chico y una chica, felices; o eso creían hasta el momento de conocerse. Pasaron los días (no recuerdo exactamente si eran meses, semanas o días; así que lo dejaremos simplemente en 'tiempo') como iba diciendo, pasó el tiempo después de su primer encuentro y el amor fue superior a sus ganas de ser felices, qué ilusos eran. Tuvieron una cita, y otra, y otra después de la otra, y así durante semanas, y meses. Era curioso, llevaban meses quedando todos los días en aquel parque frío y desolado y jamás se habían mirado a los ojos, quizás por miedo a verse el alma o quizás a robársela; eso no lo sabe nadie. "Qué bonito" pensarás, "mentira" te contestaré yo. Aquel amor era bonito, sí; pero no, aquel amor era horrible, los consumía, lo peor era que ellos lo sabían. Ellos sabían que con cada día que se siguiesen viendo era como entregarle un arma al enemigo, un suicidio en potencia. 
Atento, no me gustaría que te perdieses esta parte, es la mejor. 
Habían quedado para verse, ya hacían 9 meses juntos, aquel día iba a ser un día para el recuerdo. Pasearon por el campo, hicieron una pequeño picnic a los pies de un valle. Aquello era perfecto, era el día perfecto con la compañía perfecta. Se tumbaron en un campo de margaritas a contemplar el sol brillar entre las nubes (había llovido y las flores estaban llenas de rocío, por si no lo habías deducido).
- Te quiero, te quiero como jamás podría haber imaginado querer a alguien - susurró ella rompiendo en mil pedazos aquel silencio que los envolvía.
- Calla. ¿No lo oyes?
- No oigo, ¿el qué?
- El latido de nuestro corazón, se está apagando, como una vela en una tarde fría y lluviosa.
- ¿Qué?
- No puedo permitirlo. Prométeme que me perdonarás, y yo te juro que siempre serás esa canción que resuene en mi cabeza tenuemente cada noche de invierno y que jamás caerá en el olvido.
Y en ese momento, sacó una pistola y disparó. Los dos tenían su sueño, él morir habiéndose despedido de su amada y ella descansar junto a él para siempre. 
¡Ya te lo dije, ésta era la mejor parte! Qué irónico, que el amor; que se supone que es lo que llena y da felicidad a la vida nos haga las personas más infelices del mundo.

Espero verte allí arriba.


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